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Periódico Mural agosto 10, 2003 Claudia Ruiz Arriola
/ Envasado de origen Por Claudia Ruiz Arriola
A Jaime Ruiz Llaguno,
quijote del tequila. In memoriam En el principio era Dios y sus primeras
palabras fueron "Hágase el agave". Al menos eso es lo que creían
algunas de las tribus autóctonas de México. Después de todo, fue gracias a
esa planta (cuyo nombre deriva del griego "admirable") que los
nativos de estas tierras pudieron convertirse en culturas sedentarias capaces
de construir magníficas pirámides y templos. El agave no defraudó su nombre: según se
lee en los códices "Vaticano B" y "Borgia",
de sus hojas los nativos hacían techos para sus casas, canastas, hilo y
agujas, cuerda, papel, cobijas y jabón. De la piña del agave los indígenas
también sacaban medicina, alimento y, un par de bebidas llamadas Teométl y Octli. Teométl y Octli no eran cosa de juego. Según algunos historiadores,
su mal uso podía acarrear la muerte a manos de los jenízaros del Gobierno,
cuyos métodos favoritos eran las golpizas brutales y/o el estrangulamiento
(que la Prehispánica Comisión de Derechos Humanos maquillaba y escondía para
no incomodar al reyezuelo de turno). La ingestión de la bebida sagrada estaba
reservada exclusivamente para los guerreros a punto de entrar en batalla o,
-noten el igualitarismo indígena- para las mujeres en labores de parto. Unicamente durante el festival de los muertos, los
aztecas organizaban una democrática happy hour de cinco días para todo el pueblo y obligaban a los
funcionarios de Gobierno a mantener los vasos de los invitados bien llenos
(moraleja: los burócratas alguna vez sirvieron para algo). Pero una mañana de 1521 llegaron los
españoles y, como dice Serrat, se acabó la fiesta:
en el nombre del Papa se prohibió la elaboración e ingestión de bebidas
alcohólicas autóctonas (¡puro Omnitrition de aquí pa'l real!). Afortunadamente, los obispos y virreyes de
entonces eran tan obtusos como los de ahora, y no calcularon que prohibir los
alcoholes locales era sinónimo de hacerles publicidad gratuita. Los locales
siguieron produciendo sus alcoholes, y hasta buscaron la manera de
mejorarlos. Así, a mediados del Siglo 16 en un poblado jalisciense llamado Tequitl, los subversivos aplicaron la tecnología árabe de
punta (al-ambique) para destilar los jugos del
mezcal. El vino de mezcal de Jalisco no tardó en
colocarse en el Top Ten de los índices de
popularidad etílica, desplazando al pulque e incluso al alucinógeno peyote.
Obviamente, la prosperidad del negocio atrajo a los buitres panteoneros de la
SHCP de la Nueva Galicia, quienes siguiendo la lógica de "o Lolita o Dolores", despenalizaron la producción del
Tequila y le aplicaron un festivo impuesto especial. Por esta vía,
Guadalajara obtuvo lana para financiar sus primeros baños públicos, traer
agua corriente, construir el Palacio de Gobierno y fundar la Universidad de
Guadalajara. Pero con la bonanza vino la tranza, y
muchos productores e intermediarios se quisieron colgar de la fama de la
bebida. La produjeron con agaves de otras regiones,
la adulteraron con alcoholes de caña, la vendieron a granel para diluirla
allende la frontera. Hasta que allá por la década de los setentas, un quijote
tequilero se atrevió a soñar. Y se alió con otros
-Guillermo Romo, Claudio Jiménez José María
Muriê- para crear el Instituto del Tequila y luchar por que todo tequila se
envasara en el lugar de origen. El martes pasado, el Gobierno de Fox anunció -¡al fin!- la modificación de la Norma
Oficial Mexicana NOM-006-SCFI-1994 que hace obligatorio envasar el tequila en
el territorio del Agave Azul Tequilana Weber (Jalisco, Guanajuato y Tamaulipas). Con esta
medida, el tequila ya no podrá ser adulterado y su calidad y prestigio
internacionales dependerán exclusivamente de los productores mexicanos. El
Quijote no vivió para verlo y hoy otros saludan con su sombrero. No importa,
como dijo José María Muriê en estas páginas el
pasado viernes: los que hemos vivido en carne propia la historia del tequila
sabemos que si este triunfo tiene nombre, ese nombre es el es tuyo. ¡A tu
salud, papá! Asumo la responsabilidad Mis concienzudos lectores dicen:
Gustavo Díaz Ordaz dijo las tres palabras que -según yo- nunca se habían
pronunciado en México. Como Bush, "asumo la
responsabilidad" del error. (MURAL 3/8/2003). sherpa01@prodigy.net.mx
Claudia Ruiz Arriola
es doctora en Filosofía. |